Nunca había vivido las estaciones del año tan profundamente como el año pasado que viajé por primera vez a California para el principio del otoño.
En verdad que a mí siempre me ha gustado la metáfora, el símil, el comparar mis vivencias, sensaciones o pensamientos (e incluso locas teorías) con cosas tangibles y terrenales, así que esto es lo que le escribí a las estaciones de la vida el pasado 11 de noviembre de 2018: es una mezcla de sentimientos, pensamientos y enredos mentales.
En otoño las hojas de los árboles comienzan a caer, a morir… así mismo pasa a las personas cuando entran en un proceso de cambio, de crecimiento… aparentemente se muere un poco, muere aquello que se quiere cambiar y llega el invierno y te sientes desnuda, sin tus hojas, sin aquello que te hacía vivir aparentemente feliz en tu zona de confort, y el frío te quema y estás vulnerable, ¿qué podría pasar ahora?, pero poco a poco y lentamente aparece la primavera y todo el mal que te ha hecho el frío amaina y empiezas a ver cómo te salen hojas nuevas, verdes y radiantes, y floreces y te cubres en belleza de vuelta, encuentras un rastro del camino que necesitas recorrer, y para cuando el sol brilla más te sientes en tu máximo esplendor, cálida, confortable y brillas con tanta luz propia que vuelves a la vida y te calientas por dentro y sientes y eres feliz, que encontraste la respuesta que buscabas y ahora nadas como pez en el agua, con tranquilidad, confianza, totalmente renovada... y esa estación la llamaremos verano.
Quizá necesite unas clases de escritura... quizá el siguiente otoño... quizá el siguiente verano... o quizá nunca vuelva a escribir... o quizá sea, muy seguramente, hasta el próximo pensamiento.
